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MONSANTO Y LA DIVERSIDAD DE TECNOLOGÍAS 
Nuestro columnista Miguel Ferreras estará en el programa del jueves 20, abordando la problemática de Monsanto en Córdoba (reflejo de su actividad en todo el mundo) y su relación con la diversidad de tecnologías.
Adelantamos un extracto de lo que se comentará en el programa, durante el cual se prevé una nota con el músico Jorge Fandermole, así como aportes de Rodolfo Mignini, y la presentación de material discográfico de reciente obtención.

Hace ya un tiempo que en la ciudad de Córdoba resuena la lucha de vecinos de Malvinas Argentinas en contra de la instalación de una planta de Monsanto. Es fácil advertir que esta lucha se entrelaza con la larga lucha de las madres de Barrio Ituzaingó por las fumigaciones realizadas en ese barrio cordobés. Tampoco es ajeno a este conflicto el hecho que en se esté pronto a discutir en el Congreso Nacional una ley de semillas que podría regular y establecer condicionamientos y limitaciones a milenarias prácticas de almacenamiento, mejoramiento e intercambio de semillas entre pequeños y medianos productores agrícolas y, en cambio, impulsaría la posibilidad de ganar mercado a semillas patentadas y genéticamente modificadas. Nada menos que cortar el ciclo de la vida y poner en manos del mercado el ciclo vital de los alimentos. Monsanto es un agente hegemónico a nivel mundial en el mercado de las semillas genéticamente modificadas, además de promotor de paquetes tecnológicos cuya implantación afecta desde la calidad de los suelos, hasta la distribución de la propiedad de la tierra y la salud de la población que circunda los campos y de la que trabaja en ellos.

El pasado lunes 17 de setiembre se desarrolló una multitudinaria marcha por el centro de la ciudad de Córdoba que incluyó una parada frente a la sede del Ministerio de Agricultura de la provincia. Al día siguiente el Ministro se despachó con impensables agravios contra la Universidad Nacional de Córdoba, tal vez como modo de distraer la atención de su aún más impensable argumentación para sustentar la decisión de allanar la tramitación necesaria para la instalación de la planta de Monsanto. Sostuvo que quienes se oponían a la radicación de Monsanto era como si, en su momento, alguien se hubiera opuesto a la extensión del uso de la electricidad por temor a quedar electrocutado.

Una política contraria al interés público es cortar el ciclo de la vida que asegura la alimentación de los pueblos para introducir en él los criterios de propiedad privada y de mercado, extender la superficie cultivada al solo ritmo del aumento de las ganancias inmediatas, y a despecho de una de la deforestaciones del bosque nativo más graves del mundo, transformando áreas de bosque nativo en productoras de agrocombustibles. Deforestación que fue apañada por la traición de los legisladores oficialistas a una de las labores emblemáticas de organizaciones sociales y universidades para compilar y articular en una propuesta de Ley un posible ordenamiento del manejo de lo que nos quedaba de bosque nativo. Sin embargo en esa situación el ministro ve una empresa que garantiza la alimentación de millones personas.
Entre tantas cosas que pareciera negar el Ministro está el hecho de que un alto porcentaje de la comida que hoy llega a nuestra mesa proviene de los pequeños y medianos productores agrícolas que no parecieran tener para el ministro la misma consideración que la multinacional Monsanto.

Por un lado posibilidades de desarrollo de producciones locales a pequeña y mediana escala, con una amplia diversidad de modalidades de comercialización y distribución que garantizan trabajo y autonomía en las decisiones locales. Por otro lado multinacionales que restringen mano de obra, arrasan el ambiente y concentran el capital y el poder en pocas manos a nivel mundial. Tal vez ambas formas de producción coexistan durante bastante tiempo aún en nuestras tierras pero lo inaceptable es que los recursos y los favores del estado se limiten para unos y se prodiguen para otros. No es por mucho tiempo que sobre la misma tierra podrán coexistir estas formas antagónicas de producción, una de mentalidad extractiva de recursos y expoliadora del ambiente y de sus habitantes y acumuladora de capital, otra que cultiva la tierra con sustentabilidad tanto ambiental como del alimento y del poder de decisión de la comunidad a la que sirve. La distinción permite advertir que, lejos de existir una única y óptima tecnología universal, hay una pluralidad de ellas. No se trata de un "rechazo a las tecnologías de punta", se trata de seleccionar las más adecuadas para afrontar los problemas que una dada comunidad concibe como tales, en un determinado contexto sociocultural y geopolítico.

La democracia no debiera agotarse en la participación periódica en elecciones; las madres de barrio Ituzaingó y las de Malvinas Argentinas nos están señalando el camino para abrir otros espacios en los que se construya una democracia participativa.


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